Relatos de Asimov

18 05 2009

Como todo buen adicto a la tecnología, me gusta la ciencia-ficción; sin embargo, reconozco que he leído muy poco de este género (El día de los trífidos de John Wyndham o El mundo subterráneo de Fowler Wright son las que recuerdo ahora que, por cierto, recomiendo encarecidamente). El otro día navegando por ahí me encontré con un cuento de Isaac Asimov -uno de los tres maestros de la ciencia-ficción-. Nunca había leído nada de él, una tarea que tenía pendiente desde hace mucho tiempo, así que me decidí a leer el relato titulado La última pregunta.

Realmente me ha encantado, en primer lugar me cautivó por las referencias a la física termodinámica, pero el final fue realmente sorprendente: teología y ciencia se unen en un brillante desenlace. Por ello, dejo el enlace a dicho cuento, verdaderamente merece la pena. Además, quiero dedicar esta entrada a dos amigos: el primero que confesó en una clase de Inglés que nunca había leído a Asimov (¡esta es tu oportunidad, Fede!) y a otro que ha tenido pequeños problemas con la entropía (¡sí es posible reducirla, Tomás!).

La última pregunta





El aprecio del final

9 05 2009

Vivo los últimos días de una etapa de mi vida, sin duda la más larga e importante hasta ahora. En el aire hay una mezcla de espectación y nostalgía, el futuro y el pasado se confunden. Son muchas las veces que no consigo discernir las aspiraciones de los recuerdos. Me hallo, pues, inmerso en esta atmósfera caótica y brillante, llena de contradicciones. Es ahora cuando me doy cuenta de los enormes cambios que va a sufrir mi vida, tanto que quizás temo que no vaya a ser mi vida, sino la de un extraño, la de un extranjero en mente ajena. Pero también pienso en el presente, es del ahora de lo que quiero hablar.

Las muestras de cariño, de ternura o de simple afecto se manifiestan subrepticiamente. Quizás sea el inconsciente que percibe una inminente ruptura o tal vez sea la propia persona, plenamente lúcida. Sea como sea, el final se acerca y los actos emotivos aumentan.

Recibí ayer un preciado regalo, mucho más valioso de lo que una billetera puede producir. Fue justo en ese momento cuando caí en la cuenta: ¡ahora sí es el fin! Pero no fue traumático, ni por asomo, sino todo lo contrario: reconfortante y lleno de una paz sorprendente.

Hoy sí estoy ilusionado; al fin contemplo una senda que me agrada. Muchas gracias a esa persona, por mucho más de lo que nadie valorará.