La doble moralidad humana

8 01 2009

Con un título tan fastuoso, la entrada de hoy tiene que ser buena. Intentaré que no me quede un churro, al menos.

El otro día, conversando -discutiendo, tal vez- con “alguien” me di cuenta de lo chaqueteros que podemos llegar a ser los humanos. Yo acusaba en nuestra “conversación” a mi “interlocutor” (voy a dejar de poner comillas que va a ser un agobio…) sobre no cumplir las normas. Él alegaba que no hacía daño a nadie (argumento típico A), aún más, incluso, que si se saltaba las normas iba a ser beneficioso para ambos (argumento típico B) y, por último, que la norma estaba mal puesta (argumento típico C). Que haya catalogado de típicos a los argumentos, no significa que los menosprecie sino que los he oído tantas veces de tantas formas distintas en tantos lugares diferentes que eran imposible no ponerles una etiqueta así.

Yo, con la sangre un poco caliente del momento no dije mucho más que el típico contraargumento A: aunque la norma sea incorrecta, tú deber es cumplirla y al no hacerlo, está cometiendo una falta/delito/ilícito/ilegalidad. No me voy a poner a escribir sobre esta discusión, si bien es un tema interesante y que genera mucho debate: ¿si una ley está mal hay que cumplirla de todas formas? Quizás hable otro día sobre eso, pero el tema de ahora es el siguiente.

Un día después, o incluso el mismo por la noche (no recuerdo bien), pensando más en frío las cosas me di cuenta de que yo también era algo hipócrita al haberle reprochado su conducta a mi interlocutor. Desde luego que él cometió una falta -algo que creo que no admitió y eso fue lo que más me fastidió-, pero también yo me veo a veces en situaciones parecidas. ¿Acaso nunca nos hemos saltado una norma?

Formulada la pregunta así, todos responderán que sí (por favor, creo que es una generalización bastante acertada), pero si formulo la pregunta así: ¿quién nunca se saltó una ley? Aquí la cosa cambia, no es lo mismo decir que alguien se saltó una norma que una ley. Y, en realidad, la segunda es parte de la primera. Me explico.

Las normas son reglas, pautas o incluso patrones a seguir. Indican cómo se debe hacer algo o cómo no se puede hacer. Dentro de ellas nos encontramos con las normas legales conocidas como leyes. Pero no son las únicas, las hay sociales, religiosas… No me quiero adentrar demasiado en el tema porque no soy un experto y, según he visto, hay multitud de diferentes nomenclaturas. Por ilustrar un poco el tema, una norma social puede ser la de comer con la boca cerrada (cualquier norma de protocolo serviría) y una norma religiosa, por ejemplo, en el catolicismo sería: no matarás. Esta última coincide con una ley (una norma penal, concretamente). Como vemos pueden ser comunes a diferentes categorías. Pero otra vez me estoy desviando del tema.

Las normas que me importan en esta entrada son las normas morales y éticas. Las primeras radican sobre la práctica y las segundas sobre la teoría si bien nunca entendí plenamente la diferencia en mis clases de Filosofía. En este caso, lo que me planteaba ya en frío era que yo muchas veces también había cometido alguna falta en mi favor. Por eso me sentí rodeado de hipocresía cuando reprendí a mi interlocutor sobre su conducta.

Una vocecita de la autoestima o del ego -no lo sé- me decía que una cosa no quita la otra. Que yo intente ayudar a una persona a ser mejor no significa que yo tenga que ser mejor, pero eso me sonaba demasiado a autoconsolación. No quería caer en algo así como: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. Pero, entonces ¿un policía debería sentirse culpable de poner una multa si a él también le pusieron alguna en su vida pasada?

El caso del policía me parece una estupidez porque él no decide poner o no una multa, sino que es una herramienta de ejecución de una ley. El que redactó la ley sería el responsable, el poder ejecutivo y judicial serían meras herramientas. Si bien esto parece muy utópico no se puede negar que la principal responsabilidad recae sobre el poder legislativo.

Huy, huy, huy, me estoy volviendo a desviar. Empiezo hablando de una discusión y termino cuestionando la validez del poder legislativo. Si Montesquieu me oyese…

Lo que quería cuestionar aquí es que muchas veces criticamos algo cuando nosotros mismos hemos cometido dicho error. Si realmente has aprendido de él y no lo vas a cometer no parece tan malo, pero la cuestión es si de verdad lo hemos aprendido. ¿No nos dejamos llevar por el momento de gloria de hacer quedar a alguien en una posición inferior a la tuya? Suena bastante escandalosa esta pregunta, hasta yo mismo me sorprendí un poco al escribirla, pero, a veces, creo que en el fondo necesitamos sentirnos superiores a alguien.

Y esta es para mí un ejemplo sutil pero a la ver muy claro de la doble moralidad humana. Por un lado lo hacemos con la intención de ayudar, de que el otro aprenda, pero, por el otro, lo hacemos con el regustillo de criticar por criticar. No afirmo que siempre sea así, ¡ni mucho menos! Sin embargo, creo que quizás deberíamos ser más humildes y no intentar enseñar, sino intentar que el otro aprenda y, de paso, nosotros también.



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