Hoy, 6 de enero, todos nos hemos levantado con más o menos ilusión para recibir nuestros regalos. Abundantes o no, eso ya depende de las circunstancias, siempre es un momento de alegría familiar o… ¿consumista?
Por mi parte, la ya mítica (la cursiva va dedicada a uno que yo me sé) camiseta y el libro. Por supuesto, no faltaron las insistencias de mi madre: “Pruébatela, a ver cómo te queda”, “Si no te vale, se puede cambiar”, “Venga, póntela”… Y como es sabido por todo el mundo, hay que aceptar enseguida porque siempre llevarás las de perder con tu madre en ropa.
Muy mal bien, me la pruebo y… “¿Eso de ahí no es una mancha?”. ¿Dónde, lo qué? “Sí, sí, a ver que me pongo las gafas… ¿dónde metí las gafas?”. Las tienes puestas, mámá… “Ah, sí, claro. Pues es una mancha, pero puede desteñir. Hay que cambiarla”. Ya cansado de la camiseta, accedes sin más remedio: vale, pues mañana vamos y la cambiamos. “¡Pero no hay ticket regalo! Bueno, seguramente nos la cambian igual”.
Aquí te da algo y corres a tu blog o a tu twitter a desahogarte y esto es lo que estoy haciendo.
¡Qué bonita es el consumismo la Navidad!
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