Indagando en la ya casi olvidada tarjeta de memoria de mi difunto móvil me encuentro esta foto, realizada en un momento de inspiración (o quizás de insana demencia) cuando recorría las calles de la ciudad. La foto fue sacada como un simple chiste, pero ahora que la veo suscita en mí un anhelo de reflexión.
Esta imagen no es más que un símbolo que yo identifico con la filosofía. ¿Puede que el símbolo inspire más que el propio hecho identificado? En toda la historia de la humanidad, los seres humanos (y los no tan humanos) han luchado y defendido fervientemente unos símbolos (la corona, la bandera…), caballeros han jurado encontrar reliquias que no son más que símbolos de una creencia (Santo Grial) y todo ¿para qué?
¿Por qué nos podemos cegar ante un símbolo hasta tal punto que olvidamos complemente el objetivo de nuestro afán? Simplemente hemos luchado hasta ahora por ese algo; si lo hemos hecho hasta ahora, ¿qué motivos habrá para cuestionarse nuestros impulsos? A lo mejor tenemos miedo de reflexionar sobre lo pasado, de indagar sobre la raíz del símbolo porque, tal vez, no nos encontremos más que un sin fin de contradicciones o, aún peor, un error garrafal por nuestra parte.
Siempre será mucho más cómodo seguir para adelante, arrasando todo lo que se interponga ante nosotros, ovlidando lo representado por el representante, sin reflexión ni meditación, como toros ante el color rojo. Algunos alegarán la sorpredente capacidad del ser humano para embestir el futuro aunque sea contra marea. Nada más lejano de la olvidada realidad. Es precisamente esa dejadez del pensamiento, la frágil convicción de seguridad ignorante lo que nos empuja hacia delante, sí, pero no contra marea. ¿Sorprendente? Sin duda. ¿Puede alguien concebir que desechemos nuestro más preciado tesoro -la razón- en aras de un simple símbolo?
¡Asquerosos ideales faltos de toda idea! ¡Dejadnos vivir sin vuestro yugo cegador!
“Obrar es fácil, pensar es difícil; pero obrar según se piensa, es aún más difícil.“

Últimos comentarios